jueves, 24 de junio de 2010

EL "NEGRO" JIMÉNEZ


24/06/2008 - 24/06/2010

UN CANTO QUE NO MUERE
(A la memoria del querido "Negro" Jiménez)
"...me persigno por sí acaso
no vaya que Dios exista
y me lleve p'al infierno
con todas mis ovejitas..."
Así cantaba Desiderio Fuentes, quizá el cantor más querido de Puerto Barrancas, y para casi todos el mejor. Cuando Desiderio cantaba, hasta lo pájaros se calllaban al principio para escucharlo, y luego soltaban trinos que parecían de fiesta, como si todos quisieran sumarse al coro de ese zorzal de lujo. Recibía todos los elogios, todas las menciones, todos los halagos, todos los aplausos, con la misma luminosa sonrisa, con la misma callada humildad de siempre, con la sencilla calma de la flor del campo, que irradia esa belleza sin oropeles, sin alharacas, sin innecesarios adornos teatrales.
Su voz brillaba con luz propia, y elevaba a mundos superiores a quienes lo escuchábamos. Su canto, decían algunos, hacía brotar flores de las piedras, y emociones y hasta lágrimas del corazón más duro.
Con el tiempo Desiderio halló una compañera para su vida de jilguero, alguien que también cantaba como un pájaro y compartía con él esa hermosa locura de transportarse y volar los cielos infinitos en las alas del canto. Y formó casal, y llegaron los pichones, y la vida siguió con esa luz sin estridencias de los elegidos del destino. Porque sin duda alguna fue elegido, seguramente para iluminar con su canto los más altos escenarios, para elevar con su voz otras almas y alcanzar otras dimensiones, sin duda más sublimes.
Entretanto, sembró amigos y encontró hermanos que compartieron con él sus días de canciones y de azares.
Como todo llega, llegó el día en que Desiderio guardó su guitarra y partió para siempre, sin decir adiós, así, casi sin enterarse. Seguramente habrá protestado al despertar en otro sitio, porque él había luchado para quedarse, a darle sombra a sus brotes nuevos, a darle alas a su calandria, a compartir su canto con sus hermanos.
Se quedó su guitarra solita y callada.
Amalia, su compañera, cerró las puertas de ese cuarto, y vinieron para ella los días amargos del aprendizaje de la ausencia, las negras tardes de la soledad y el desamparo,las eternas vigilias de la nostalgia y de las lágrimas.
Pero cuando todo parecía más triste y sombrío, cuando más arreciaban la desesperanza y la tristeza, una tardecita sonaron en ese cuarto del dolor unos acordes de guitarra.
Primero Amalia creyó que soñaba,pero se acercó y abrió la puerta de esa habitación que había cerrado como para siempre, quizá queriendo dejar allí guardados sus recuerdos, tal vez intentando el olvido.
Lo primero que vio fue el Corazón de Jesús de la pared de enfrente que la miraba con los ojos y la sonrisa de Desiderio. Y en seguida escuchó la guitarra, que acariciada por el viento soltaba las notas de su canción preferida: "Un viejo caminito..."

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